Las llaves del castillo eran unas piezas metálicas que abrían y cerraban las cerraduras de sus puertas haciéndolas girar. Su invención se atribuye a Teodoro de Samos en el siglo VII a. C. aunque con toda probabilidad se usaban mucho antes.
Había una cierta relación entre la importancia de la puerta y el tamaño de la llave. La llave antigua consistía en una pieza de forma cilíndrica, a veces perforada en forma de tubo, con una o dos paletas al final.
La paleta tenía un código de acanaladuras a los costados, o un código de dientes en el extremo más alejado del cilindro o las dos cosas. Para manejarlas tenían una pieza generalmente en forma de anillo, circular u ovalado, del mismo material.
Se dice que las primeras cerraduras eran grandes cajas metálicas que necesitaban para abrirse llaves de hierro muy grandes y pesadas.